Por Esther María Hernández
Fuente: www.diariodecuba.com
Con el resplandor del Hudson, visible desde la esquina, la tarde
lluviosa prometía componerse: la calle 145 de Harlem se iluminó desde el
oeste y nos permitió encontrar el lugar. La sala del Comisionado
Dominicano de Cultura en Nueva York comparte local con una congregación
pentecostal, cuyo cartel lumínico corta en perpendicular la acera y
detiene al paseante con una promesa de salvación en rojo sobre fondo
blanco. "¿Será aquí?", nos preguntamos. "Dios les bendiga", responde el
hombre que abre desde adentro la puerta de vidrio. Habremos anotado mal
el número, o la sala estará en otro piso. Cualquier cosa es posible en
estos edificios viejos. "¿Vienen al teatro…? ¡Adelante, bienvenidos!"
He visto espectáculos de El Ciervo Encantado en muchos locales
diferentes, y subo las escaleras al segundo piso aventurando hipótesis
sobre lo que podrá ser este cruce entre la estética subversiva de la
compañía y la circunspección de un templo evangélico. Pero estamos en
Nueva York y los fieles son dominicanos: las fronteras se desdibujan, lo
esperable puede llegar a ser su contrario. En la escalera aparece el
primer indicio: pedazos desiguales de cartón me revelan de qué manera
oscura y por cuánto tiempo permanecen conmigo frases que creía
sepultadas: "¡Aquí no se rinde nadie!", "Convertiremos el revés en
victoria", "El futuro pertenece por entero…". Los carteles improvisados
no cuelgan de las paredes ni descansan en los escalones; los
espectadores no tendrán otro remedio que pisotearlos para acceder a la
sala. Antes —ayer, hace veinte años o veinte minutos— "ondearon
aguerridos", ahora son un estorbo. Para mí, funcionan como migas de pan
para la memoria.
Cuando la sala se apaga regresan los carteles. Un corto en video,
Materia prima,
del joven realizador Sergio Fernández Borrás, los muestra en su entorno
natural: la madrugada que antecede al desfile del Primero de Mayo. Las
consignas saltan del papel al reguetón, las fotos se agitan a ritmo de
conga. La vigilia entusiasta y combativa se exalta ante la cámara —¿los
filman? ¡pues a mostrar fervor se ha dicho!— y la noche se llena de
"vivas" a cuanto nombre quepa en el santoral patriótico, y de "abajos" a
cuanto enemigo pasado o presente venga a mano. Carteles, carteles y más
carteles. Consignas y altavoces, intensidad de enardecedores
profesionales que deben mantener despierto al personal, mostrarle al
mundo que
aquí sí que no. De 25 minutos de pachanga combativa,
apenas cinco muestran el desfile —hay que pasar de prisa frente a la
tribuna, los alaridos pertenecen a la fase de calentamiento nocturno, lo
importante ahora es irse a casa, recuperar el resto del día feriado—.
Los tres, quizás dos últimos minutos, se concentran en el paisaje
después de la batalla: banderitas de papel pisoteadas, pancartas
abandonadas, un hombre que mira a la cámara de soslayo mientras trata de
recuperar un pedazo de cartón.
Materia prima.
Comienza entonces el otro desfile, la
concentración más
literal: el espíritu de la masa se hace cuerpo en La Bola, que entra al
espacio a contratiempo de una marcha, tan marcialmente como le es
posible. Un balde invertido con cuchara adosada le cubre cabeza y nariz,
en un amago de yelmo que le divide en dos la cara. La capa es de
polietileno raído, los ojos desorbitados. Caballero enajenado,
superhéroe de pacotilla. Bajo el brazo, un fajo de papeles. De la
barriga descomunal despuntan dos cables que terminan en tuercas:
apéndices de mutante, imagen de micrófonos incorporados al orador como
antenas de insecto. Busca el podio, se yergue y da inicio a su
triunfadela con
el ímpetu de quien entona perennemente cantos de júbilo y ha tomado
apenas un receso, una breve pausa para acomodarse la capa o ajustar los
micrófonos.
Mariela Brito es precisa y provocadora: gestos mínimos y esenciales,
una estudiada máscara facial y un trabajo de voz y enunciación que
revelan la intensidad de la búsqueda actoral de El Ciervo…, se unen a un
control total de la energía de la sala. Nada se le escapa a La Bola.
Varios locos del folclor habanero me vinieron a la mente durante el
discurso de La Bola: un ciego joven y rollizo de ojos azules que llevaba
casco de constructor y, desde el primer asiento de cualquier guagua que
lo llevara a recorrer la ciudad, hacía comentarios de actualidad; un
negro alto y flaco lleno de medallas en el pecho de la camisa hecha
jirones —probablemente un veterano de Angola— que invocaba a Maceo y
Máximo Gómez y se ponía a disposición de quien le diera la orden de
atacar al enemigo imperialista; el rubito joven que manejaba un ómnibus
imaginario por 23, de La Pelota a Rancho Luna, y disfrutaba las tardes
de lluvia que le garantizaban público para sus declaraciones en contra
del Gobierno. Los transeúntes no tenían muchas opciones: escuchaban
riendo con disimulo sus arriesgados desvaríos, asumiendo una complicidad
no por fortuita menos complicada, o se empapaban.
Una ciudad de locos discurseros, augures o fanfarrones, aterrados o
aterradores. Charlatanes alucinados e irremediablemente políticos. Como
La Bola, cuyo escenario mental transcurre entre la concentración y la
asamblea, y cuyo repertorio verbal se compone exclusivamente de frases
extraídas de la prensa. A medias entre locutor de noticiero y secretario
local del sindicato, desgrana consignas en tono agorero y heroico,
canta la apoteosis de la victoria con trompetas celebratorias
intercaladas: "pom po rom pon pom pom…".
Nelda Castillo ha creado la dramaturgia de la performance a partir de
textos reales de la prensa cubana, desde la década del 60 hasta la
actualidad. Ni una sola línea ha sido creada: todo es cita,
reproducción, resonancia. Lo escrito para ser leído, repetido e
interiorizado con fervor y credulidad de idólatras —consuetudinariamente
ignorado o sometido a burla por cinco décadas— se articula en la
enunciación de una voz que le confiere su peso real: el delirio de un
lunático. La solemnidad revela, en la voz de La Bola, su naturaleza
demencial.
La arenga se extiende entonces al cónclave cuando de su fajo de
papeles extrae diversos informes que serán leídos por "compañeros" del
público. "Elegidos democráticamente por el pueblo" porque "aquí todos
tienen voz y voto", los improvisados delegados al
magno evento
dan lectura al reporte de cada comisión: economía ("Se asegura una
inminente cosecha histórica de cacao. Avanza el rescate del limón…");
educación y ciencia ("Tenemos a los científicos trabajando
infatigablemente en la búsqueda de bacterias. Y tal es la consagración
de este sector ejemplar que se disponen a comprobar la efectividad de
sus productos farmacéuticos sobre sí mismos, e incluso sobre sus
familiares"); y cultura, deporte y recreación ("Podemos decir que
nuestro país celebra un huracán de actividades, donde calidad y
diversidad marcan la diferencia (…) hoy nuestro movimiento deportivo se
mantiene como una potencia, sin renunciar a hacer del deporte un derecho
del pueblo").
Por último, un representante de la tercera edad da lectura
—autocríticamente, no faltaba más— a los errores que el proceso ha
generado: el descuido de la flora y la fauna, las ilegalidades de la
vivienda, la sobreproducción de clavos y el respeto al orador.
Emocionada, La Bola somete a votación el compromiso de "erradicar de
raíz de una vez y por todas estos errores y tendencias negativas".
Sin otra alternativa que entrar en el juego, ritual dentro del ritual, los espectadores reproducen el
ritornelo de la
triunfadela:
todos a favor, nadie en contra, nadie se abstiene. La Bola está feliz y
convoca a marchar "como un mar de pueblo" antes de abandonar el espacio
en busca del próximo podio y a los acordes de otra marcha.
La eucaristía se revela unánime y liberadora. El misterio evangélico y
el absurdo cubano se tocan y se reconocen. Los espectadores dominicanos
aplauden a rabiar y los referentes cubanísimos de El Ciervo Encantado
se encuentran con
Macbeth. No puedo imaginar una recompensa mejor a la devoción y el talento de estas mujeres y sus colaboradores.
El teatro regresa al teatro. Desde sus micrófonos improvisados y la desmesura de sus ojos, La Bola insiste en su
pom po rom pon pon: el cuento narrado por el idiota con el que Shakespeare compara la vida. El ruido y la furia.
Vínculo: http://bit.ly/1MrBpe1